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¿Conocen algo más inútil que la impaciencia?


Supongo que ya estarán pensando en cuántas veces han caído en su redes, en cuántas veces han perdido el control y ella les hizo perder otra vez las fuerzas para tolerar alguna situación que en realidad no se merecía tanto desgaste nervioso.

 


 

Pero no se preocupen. Esto es una distorsión psicológica que tiene cura. El primer paso es darse cuenta que no sirve para nada. Que por más que nos quejemos, nos enojemos y lamentemos, las cosas seguirán su curso y su propio ritmo como lo han hecho y lo seguirán haciendo en el futuro. Por otro lado, deben pensar que seguir en esa postura es muy perjudicial para la salud. Por lo tanto, todo se reduce a realizar un simple cambio de actitud, pues los principales perjudicados de dejarnos llevar por la impaciencia somos nosotros mismos.

 

Sin embargo, ¿por qué lo hacemos?, si sabemos que jamás logramos cambiar una situación llevados de las narices por la impaciencia, ¿por qué seguimos siendo impacientes? Es que, aunque parezca increíble, la impaciencia surge de una manera mecánica, desde nuestro interior, cuando al no poder hacer nada frente a una situación no deseada y que además no depende de nosotros mismos, nos invade la impotencia, y a ésta le sigue el enojo y la lamentación. Lo que nos lleva a otra pregunta ¿por qué es tan difícil adaptarse a lo que sucede en nuestro día a día?

Es evidente que la respuesta se encuentra dentro de nuestra cabeza. Cada vez que nos sentimos impacientes es porque creemos que nuestra felicidad no se encuentra en este momento, sino en otro que está a punto de llegar. Por ejemplo, cuando nos encontramos atrapados en un embotellamiento de tránsito, estamos deseando que este termine de inmediato para poder llegar a destino, en donde sí podremos gozar de nuestro bienestar.

Y aquí es donde nos damos cuenta que en realidad la impaciencia suele ser un indicio de que no estamos a gusto con nosotros mismos. Porque si lo estuviéramos, ni siquiera aparecería la prisa, pues ya sabríamos de antemano que ella no nos servirá para acelerar el ritmo de lo que nos sucede. Sólo a partir del logro de un estable bienestar interno podremos empezar a relacionarnos con nuestras circunstancias de una manera más consciente, que nos permitirá actuar de la forma más conveniente en cada momento. Retomando el caso del embotellamiento de tránsito, deberíamos tratar de distraernos con cosas que dependieran por completo de nosotros, por ejemplo poner la radio, pensar en positivo y así distraer nuestra mente con el fin de no ser atrapada por la traicionera impaciencia.

Uno de los caminos a seguir para lograr despedirse de la impaciencia es el de darnos cuenta que todo lo que necesitamos para ser felices ya lo tenemos en este mismo momento y en este preciso lugar. Con mucha frecuencia olvidamos que el pasado es un recuerdo y el futuro es pura imaginación. Lo único que existe de verdad es el presente. El problema surge cuando nuestra mente no acepta lo que hay y trata de cambiar lo externo, lo que no depende de nosotros, postergando nuestra propia transformación, que sí está a nuestro alcance.

En la próxima ocasión que nos invada la impaciencia, nos haremos las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que no estoy aceptando? ¿Qué le falta a este momento? ¿Qué es lo que me impide ser feliz? ¿Qué prisa tengo? ¿Qué haré luego? Si al analizar las respuestas la conclusión es que deseamos que llegue un futuro imaginario, esto significará que no estamos en paz con nosotros mismos en el presente. Comenzamos a sentirnos a gusto cuando comprendemos que la realidad es aquí y el momento es ahora.

 

 

 

 

 

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